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jueves, 25 de junio de 2015

... noventa años...



Este blog siempre ha sido bastante variopinto. De vez en cuando me he permitido confiarles alguna confidencia sobre mi vida. Hoy es un día en el que puedo romper cualquier regla, escrita o no escrita: hoy mi madre ha cumplido noventa años.

Noventa años, qué se puede decir, qué decir, en una entrada, en un párrafo, en un libro. Nada, no hay enciclopedia que pueda decir nada sobre la vida de una anciana que ha vivido los últimos noventa años de la historia de este país. Y ha vivido para contarlo. Aunque mi madre ya no cuenta muchas cosas: ha entrado sabiamente en la senectud y, de un modo natural, ha adoptado la actitud más sabia de este mundo: la de no hablar demasiado. Es curioso, de repente un día se acuerda de una representación teatral en la que actuó cuando era niña, y recuerda su diálogo, y me lo recita, y se ríe feliz en el recuerdo.

Algunas personas, al hacerse ancianas, es como si retornaran a la niñez, como si recobraran algunas de las actitudes que tienen los niños. Hace poco fue el día de su santo: nos reunimos toda la familia a comer en un restaurante. Cuando llegó el momento de darle los regalos hubo un pequeño detalle que, quizá, pasó desapercibido para todos pero que yo capté, tal vez porque era quien estaba sentado más cerca de ella. Entre los obsequios había un frasco de perfume: cuando consiguió con sus manos como sarmientos desenvolver el regalo, cuando descubrió la forma del frasco, una forma que imita la cabeza de un felino, dijo de un modo casi imperceptible: ¡qué bonito! La escritura no puede reproducir el tono  de la voz, el sonido, la música de la voz, la expresión, la pronunciación de la palabra hablada. Y también es muy difícil describir de qué modo se pronuncian unas palabras, o imposible. Pero yo percibí la voz de una niña, de una niña anciana, de una anciana niña: estaba toda la sorpresa, toda la ilusión de una niña que se queda como ausente ante un regalo que le fascina, que casi le deja sin aliento, y que con un hilito de voz, como si sólo lo dijera para sí misma, dice: ¡qué bonito! Son sólo dos palabras, pero cuya música recordaré mientras viva.

¿Con qué música celebrar el nonagésimo cumpleaños de mi madre, de cualquier madre? No sé por qué pero desde el primer momento lo he tenido muy claro. En la música que he escogido, y en la manera con la que es interpretada, está toda la sabiduría de un anciano, toda la risa de un niño, toda la alegría de vivir que debería sentir toda persona en este mundo. Seguro que, cuando la escuchen ustedes, estarán completamente de acuerdo conmigo. La música más sencilla y más sublime de este mundo para celebrar la alegría de la senectud de mi madre, de su nonagésimo cumpleaños.


sábado, 6 de junio de 2015

IT NEVER WAS YOU - WEILL - KANAWA - PREVIN

I Never Was You es una canción que forma parte de un musical escrito por el compositor alemán Kurt Weill. Aquí, podemos escucharla  cantada por la soprano Kiri Te Kanawa; al piano, el compositor, director de orquesta, excelente músico, André Previn, interpreta una versión personal del acompañamiento. La interpretación es sublime; Kiri Te Kanawa canta con una voz dulce y serena, suavísimo, el pequeño crescendo que hace no abandona, no sobrepasa el dolce continuo con el que canta esta canción. Previn toca como sólo un gran músico es capaz de hacerlo: haciendo notar su presencia de un modo desapercibido. La compenetración entre ambos es íntima; no se sabe quién no quiere tapar a quién. Recuerda aquellas palabras de Kleiber: «deje entrar primero a quien tiene al lado». La canción es una de las más bonitas de este mundo.
 

Aquí podemos escuchar la misma grabación, sin imágenes, pero con una calidad de sonido un poco mejor:


It Never Was You...

jueves, 28 de mayo de 2015

UNA CLASE...

Esta tarde, en una de las clases que he dado, ha habido un momento especial. En realidad, en casi todas las clases que he dado en toda mi vida, por no decir en todas, siempre ha habido algún momento especial. En alguna ocasión he dicho que un profesor no es el que te enseña, sino el que te cambia. Cada vez que un alumno sale de una clase ha de ser una persona distinta de la que era antes de entrar, aunque sólo sea un poco distinta. Esto también ocurre con el profesor: cada clase que das hace de ti una persona distinta, ya no eres el mismo Carlos que eras al comienzo de la clase. ¿Qué puede haber en una clase que sea especial, algo que sea único, que esté vivo? Muchas cosas: una pregunta, una exclamación, unos ojos asombrados ante el descubrimiento de cualquier cosa, una actitud. No siempre es todo bonito, nada hay que sea siempre bonito. Hay clases duras, ásperas, incluso aburridas. Pero siempre se ha de intentar encender la curiosidad del alumno, despertar su atención, afilarla, para eso le pagan a uno.

Esta tarde estaba sentado al piano un joven admirable. Rondará los treinta años. No es que sea un alumno excepcional, un fuera de serie, un prodigio; no, es un hombre normal y corriente, como yo soy un hombre normal y corriente. Este año, este joven, ha tenido que enfrentarse a una situación realmente difícil, y lo ha hecho con un estoicismo admirable. A pesar de las duras experiencias que le ha tocado vivir, ha faltado a clase lo mínimo. Su actitud ante la asignatura ha sido excepcional, ha estudiado mucho, ha hecho grandes avances, ejemplar en todos los sentidos.

Bueno, pues allí estaba sentado este hombre y yo a su derecha, escuchándole y puntualizándole esto y aquello. En lugar de partitura leía de un Ipad que coloca en el atril del piano. Ha llegado un momento que ha cambiado de pantalla en el iPad y he visto que tenía como fondo de escritorio un cuadro de Vermeer. «¡Ah, qué bonito, Vermeer!», le he dicho yo, y él me ha mirado extrañado, ha dicho que no sabía de quién era el cuadro, y tampoco sabía quién era Vermeer, que había escogido el cuadro por el cielo, por cierto, un cielo nublado. Los compañeros que estaban sentado tras él tampoco conocían a este pintor. Aprovechando que teníamos un Ipad a la vista de todos, el ordenador que hay en clase es un trasto infame, les he dicho: «sí, mirad, Vermeer, un pintor holandés magnífico», he escrito su nombre en el buscador y han aparecido un montón de pinturas suyas; al principio han aparecido, sobre todo, sus famosos, y magníficos, interiores. He escrito «paisajes» junto al nombre del pintor y entonces ha aparecido el cuadro en cuestión.


Ahora, buscando el cuadro en casa, me he dado cuenta de que no es de Vermeer, sino de Jacob Ruysdael, que me aspen si conocía, o recordaba, ese nombre. Tanto da, lo que importa no es el dato exacto, sino el pretexto, y el contexto, no me importa haberme equivocado. El caso es que ya estaban en pie los demás alumnos mirando, con los ojos como platos, las pinturas de Vermeer: «mirad este, qué bonito, y este otro, fijaos, este se llama “La lección de música” y este otro, “La muchacha de la perla˝». La lección de música, la que se supone que yo estaba dando, se ha ido a freír monas, y allí que hemos seguido contemplando cuadros y más cuadros. Yo les iba explicando, «estos cuadros se llaman “interiores”, y estos otros “paisajes”, claro, y a los cielos se les llama “celajes”, y esto es un “bodegón”, o una “naturaleza muerta”. Un paisaje puede ser bonito, estar muy bien pintado, en él admiramos la composición, el color, lo que se llama “forma”; sin embargo, en los interiores o en los bodegones podemos encontrar, además de la forma, significados, podemos hacer una lectura “iconológica”, cada elemento no esta puesto al tuntún, sino que ha sido escogido por lo que simboliza, por el significado que encierra; por ejemplo, está el tema llamado vanitas: es un tema muy recurrente y su nombre viene del latinajo, vanitas vanitatum, et omnia vanitas, “vanidad de vanidades, y todo vanidad”, y quiere decir que por mucho que nos deleitemos con el saber, con el arte o con los placeres, la vida es efímera y no debemos ser vanidosos, pues al cabo, bien pronto seremos ceniza, sólo polvo; y veis, casi siempre aparece una calavera, símbolo de la muerte, y el reloj de arena que simboliza el paso inexorable del tiempo». Y los alumnos asombrados, casi emocionados, me atrevería a decir.


Quizá algún alumno de tiempos pasados y que esté leyendo esto esté pensando: «y ahora contará la batallita de siempre», no me parece mal, cada cual puede pensar lo que le parezca, está bien: quizá algún otro piense, «ay, ojalá cuente aquello que contó un día y que no recuerdo bien»; también me parece igualmente bien, de todo hay en la viña del señor.

Pues sí, les he contado que en la universidad tuve un profesor magnífico, un hombre maravilloso. Este buen señor era especialista en iconología y es famosa su lectura del «Guernica», de Picasso. Les he contado que según este profesor, lo que siempre se ha interpretado cono una lanza rota, a la que se aferra un hombre tendido en el suelo, en realidad no lo es, sino que es un escoplo: el cuadro simboliza los horrores de la guerra, y el arte, la cultura, el pensamiento, se rompen durante las guerras. Les he contado que el Guernica está inspirado en el cuadro titulado «Los horrores de la guerra» de Rubens, y les he señalado la mujer con los brazos extendidos del Guernica, a la derecha, y su prefigura en el cuadro de Rubens, a la izquierda:


Gracias al iPad, podíamos pasar de un cuadro al otro y, en efecto, todos han reconocido la relación. Les he dicho que, en el arte, igual que en el pensamiento, el que no sabe inventa, y Picasso sabía mucho, que lejos de copiar a Rubens lo que hace es expresar con el lenguaje de su época lo que Rubens hizo en la suya; que hacer arte de la nada, ex nihilo, sólo lo hacen quienes no saben, quienes se creen que están inventando el oro y el moro y en realidad no son capaces ni de reconocer las influencias que hay en sus obras: mentecatos que se toman por dioses. Entonces les he señalado la famosísima relación del hombre tendido en el suelo del cuadro de Picasso con una de las figuras del Beato de Liébana.



Los alumnos estaban asombrados, entusiasmados, me atrevería a decir emocionados, ante toda esta serie de descubrimientos. También yo, una vez más, estaba casi emocionado: aunque haya contado todas estas cosas, y otras tantas, muchas veces, cada vez es una vez distinta, cada vez es nueva, cada vez vienen a mi mente recuerdos: recuerdo el entusiasmo de mi profesor cuando nos explicaba sus interpretaciones del Guernica, recuerdo algunos otros momentos en los que he contado yo estas cosas. Los alumnos estaban emocionados. Y surge la pregunta: ¿cómo es posible que los jóvenes de hoy en día no tengan ni idea de todas estas cosas? Estas cosas no hay que saberlas para ser más listos, ni para ser más cultos, ni para sacar mejores notas, ni para conseguir mejores empleos: no, estas cosas hay que saberlas porque ¡son tan hermosas!, ¡es tan maravilloso entender un poco la mente de otras personas! tan lejanas en el tiempo y en el espacio, pero por unos instantes tan cercanas. Es tan maravilloso descubrir todas estas cosas que no sirven para nada: es tan emocionante sentir cómo se encienden tus neuronas, cómo se eriza tu bello: ¡es tan maravilloso el arte, es tan bonito!, lo siento, no sé decirlo con otras palabras. ¿Y por qué nuestros jóvenes no conocen estas cosas? ¡Si cuando las descubren se emocionan! La respuesta es obvia: no saben porque no les enseñamos: la sociedad, los medios de comunicación, los programas educativos ideados y mil veces cambiados por políticos inmundos, ¡todo!, no hace más que idiotizar a nuestros jóvenes, adormecerlos, drogarlos de ignorancia, hacerlos adictos a la ignorancia. Es muy triste, muy muy triste.

Ya en el pasillo, saliendo de clase, hemos pasado ha hablar de cosas más prosaicas. Se están gestando cambios en el lugar en el que trabajo, va a haber movimientos: tengo un 99’9 % de probabilidades (si lo pones boca abajo el número de la bestia) de volver, como mucho en un par de años, a enseñar a niños de entre siete y catorce años, la clave de sol, la escala, las líneas adicionales. Y no está mal, tan bonito es enseñar a jóvenes, como a niños, como a adultos. Pero, ¿no estará desaprovechando el estado mis conocimientos? A los niños de once años no puedo hablarles de Vermeer, o de Picasso, o de la iconología, o de Goethe, Schiller, Baudelaire, Steiner, Schumann, Satie, Borges, Hölderlin, Walser, Kavafis, Fricsay... Claro, es tan digno y tan hermoso enseñar a unos que a otros. Pero, ¿y qué hago yo con todos esos, modestos, conocimientos?, ¿a quién se los cuento? Y por otro lado, ya pasé quince o veinte años enseñando a niños; dar clase a niños es más duro, más pesado, yo ya estoy un poco enfermo y cansado como para poder hacer frente a un puñado de adolescentes. Pero lo volveré a hacer, y a mucha honra, pero..., uf, nada más de pensarlo ya me fatigo.

Por último, cuando ya en el coche volvía hacia casa, y mientras escuchaba casi con lágrimas en los ojos esta preciosa canción de Brahms, pensaba: «los niños, los maravillosos niños...»



viernes, 8 de mayo de 2015

A WISH (VALENTINE) - FRED HERSCH


La belleza de la sencillez. La grandeza, la magia de la sencillez. No hay nada más bonito que lo sencillo. La emoción ante la sencillez.

Fred Hersch es músico y pianista. Quizás, el género que más ha cultivado es el jazz. Hace unos días escuché algo tocado por él y he estado buscando y buscando, hasta que lo he reencontrado. Es un músico increíble, no entiendo cómo no es más conocido, o, quizá por eso no sea conocido. He estado escuchando mucha música suya, siempre tocada por él. Incluso he pedido a una tienda americana unas partituras de su música, la pieza que traigo hoy aquí y «24 Variations an a Bach Chorale», obra esta última que no he escuchado pero que me muero de ganas de poder estudiar. La música de Hersch es magnífica, y es un gran pianista; sus improvisaciones son como él, increíbles.

Cuando se descubre una pieza parece que no la vives del todo hasta que no la enseñas, hasta que no la muestras a alguien y ves la impresión que causa en esa persona. Cuando ves en los ojos de la otra persona el mismo asombro, la misma felicidad ante la belleza, la misma emoción; entonces, bueno, entonces no hay nada más en el mundo, nada mejor.

Quiero mostrarles una canción de Hersch. Quizá sea su composición más sencilla, tanto, que muchos confundirían su sencillez con banalidad, allá ellos. Una melodía sencilla, con una armonía sencilla, tanto, que me recuerda mucho las cosas que yo hago cuando me pongo a improvisar, así de simple. La pueden escuchar, si así lo desean, interpretada con una sencillez casi infantil por una cantante llamada Jo Lawry, acompañada al piano por el propio Fred Hersch. Su título, «A Wish (Valentine)», también es sencillo, un deseo, sólo un deseo, quizás formulado a San Valentín.



En el siguiente vídeo podemos ver y escuchar a Hersch tocando su deseo. Que cada cual formule el suyo.



jueves, 30 de abril de 2015

«LA INEXPERIENCIA AUDITIVA»

El otro día dediqué una entrada a contarles que iba a impartir un cursillo titulado «La experiencia auditiva». Esta tarde me han comunicado que no se han matriculado suficientes alumnos como para poder llevarlo adelante. Puesto que abusé un poco de la confianza de ustedes haciendo publicidad –algo así como los anuncios de la tele-, tenía pensado comentarles cómo había ido la cosa una vez finalizado el cursillo. Dado que no se va a realizar también creo que es justo que lo comunique aquí, en G & P.

Si leyeron las condiciones del curso verían que hacía falta un mínimo de diez alumnos para que se pudiera hacer. De modo que no ha habido diez personas interesadas en lo que se pudiera tratar durante esos tres días. Me consta que algunos profesores de la academia en la que se debía impartir se habían matriculado en el curso; lo cual dice mucho, o bastante, a favor de la curiosidad intelectual de dicho profesorado, o de su afán de perfeccionamiento, de superación, si es que algo de provecho se hubiera podido sacar de las tres mañanas. Si descontamos a estos profesores, uno, dos o tres, ya no son diez, sino siete, ocho o nueve, los alumnos necesarios.

Me estoy extendiendo, y enredando, demasiado. Yo no voy a valorar esta situación, mucho menos a juzgarla, ni tan siquiera voy a comentarla: soy la última persona en este vasto mundo para hacer algo parecido. Que cada cual, si es que le apetece, saque, en todo caso, sus propias conclusiones.

Aunque... un poco de sarcasmo nunca está de más: dicen que Valencia es la ciudad de la música; en efecto, hay más músicos sólo en Valencia que en el resto de esta toda esta España nuestra.

Les pido disculpas por haberles robado su preciado tiempo y les agradezco sinceramente la atención que me han prestado.

Atentamente

Carlos Gimeno

Desiderata: Que nunca perdamos la curiosidad y capacidad de asombro de los niños fotografiados por Alfred Eisenstaedt. Y, para asombro, la canción de aquí debajo:


viernes, 24 de abril de 2015

EL PODER DE LA MÚSICA – SENDEROS DE GLORIA

En la entrada anterior decía que un profesor no es el que enseña sino el que es capaz de cambiar a sus alumnos. Esto, desde luego, suena muy ambicioso, quizá demasiado, quizá sea incluso pretencioso. Quizá no sea la destreza del profesor la que consiga el cambio, quizá sea «lo que enseña», no la actividad sino el objeto.

De lo que no me cabe la menor duda es que la cultura en general, y la música en particular, cambia a las personas; quizá no las haga buenas personas pero sí mejores personas. Es el objeto, la música en sí, quien entra en la mente de las personas, en el corazón, y obra el prodigio. Quizá haya corazones tan duros que no puedan reblandecerse ni con la música; aun así merecería la pena intentarlo. La cultura no es un montón de libros incomprensibles, no es un montón de dogmas, no es manipulación, no es soportar un concierto de música inmunda, no es contemplar los cuadros de una exposición que no nos dicen nada, todo esto no tiene nada que ver con la cultura. Cultura, en el sentido correcto y noble de la palabra, y que no debería en ningún caso tener otro, es aquello que de verdad nos hace libres, aquello que pone en marcha nuestro don más preciado: nuestra mente; aquello que consigue que veamos el mundo, incluso el cosmos, en su totalidad y lo comprendamos, al menos, un poco; es aquello que nos hace respetables y respetuosos, aquello que nos incita a ser justos, aunque no siempre lo consigamos; aquello que nos permite distinguir el bien del mal, lo correcto de lo falso. Luego cometeremos errores, somos humanos, pero la cultura también es aquello que nos posibilita ver y reconocer esos errores. En fin, ustedes ya me entienden.

Hace mucho tiempo que vi por primera vez la película de Stanley Kubrick «Senderos de gloria», protagonizada magistralmente por un joven Kirk Gouglas, quien, por cierto, ya no es tan joven, pues cuenta a la sazón sus noventa y ocho años. No es necesario que diga aquí que se trata de una obra maestra. Películas como esta son las que consiguen que el cine también sea cultura. Ya la primera vez que la vi, hubo algo de ella que me conmovió, y me hizo pensar, y me cambió: la escena final.

Esta película está basada en una novela, basada a su vez, en hechos reales. Narra el infame y miserable comportamiento, la criminal actitud, de unos mandos del ejército francés durante la Gran Guerra, la Primera Guerra Mundial. Al final de la película, un puñado de soldados, está descansando, gozando de un merecido esparcimiento en una taberna de mala muerte. Son soldados que han pasado las de Caín, que han vivido los horrores de la guerra en carne propia, en carne viva, y que, además, han sido humillados por sus propios mandos, son un puñado de hombres de los que se puede encontrar en cualquier batalla, hombres de todo pelo y condición, carne de trinchera. Un puñado de soldados en una taberna, entre una batalla y la que les espera en pocas horas, ebrios, rudos, deshumanizados. Están de francachela, gritando, alborotando, armando escándalo. Entonces, sobre un improvisado y destartalado escenario, aparece el tabernero con una muchacha. El griterío sube de volumen, y entre esas toscas voces, se abre paso la voz del tabernero. Con palabras humillantes y gestos groseros, y viceversa, presenta a la muchacha: es una chica alemana, y es mujer, lo que la convierte a ojos del soez tabernero y la tropa allí congregada, en objeto de oprobio por esa doble condición, la de pertenecer al bando enemigo, y la de ser la única mujer entre muchos hombres. La pobre muchacha, a instancias del tabernero, comienza a cantar de un modo tan suave que, al principio, no se le oye entre la algarabía reinante, mientras el tabernero recompone la frágil figura de la muchacha con ademanes soeces. Pero poco a poco, su débil voz de pajarillo asustado, va iluminando la escena, los brutos soldados van acallando sus gritos, hasta que el silencio se impone y la frágil voz de la muchacha se escucha limpiamente. Canta una sencilla canción popular, en su idioma, que allí nadie entiende, una fácil, pegadiza y con su chispa de melancolía, canción popular. Esa sencilla melodía, sin ningún acompañamiento, obra el prodigio, y por un momento allí ya no hay hombres brutos, no hay guerra, no hay enemigos, no hay distinciones de sexo; esa suave melodía se abre camino hasta el corazón de unos hombres rotos por la brutalidad de la guerra, y les hace cantar, se ponen a tararear como un solo hombre la melodía. La canción es muy bonita, tiene todo el encanto y la vida que puede tener una simple canción popular, la frescura de un riachuelo, el encanto de un corderillo, el calor del pan recién horneado, el sabor de los lejanos hogares de aquellas pobres gentes a quienes la guerra, pactada por los poderosos, ha convertido en amigos y enemigos, en criminales y héroes, en viles y honorables soldados.

Ese es el poder de la música; es la música, el objeto, no el profesor, quien puede cambiar a las personas; quizá la única, la mayor responsabilidad del profesor sea la de escoger con mucho esmero la música. Ha de escoger de lo bueno lo mejor, sólo eso es lo que merecen nuestros alumnos, sólo eso es lo que merece cualquier persona. Ha de escoger, por lo menos, algo tan bueno como esta sencilla canción popular.

Las imágenes les dirán lo que yo no he sido capaz de explicar. Con ellas les dejo.



domingo, 19 de abril de 2015

CURSILLO «LA EXPERIENCIA AUDITIVA»



La entrada de hoy va a suponer algo insólito en este blog, y por esa razón no sé muy bien por dónde empezar, ni cómo. La cuestión es la siguiente: voy a impartir un cursillo con el nombre que aparece entrecomillado en el título de esta entrada:

«La experiencia auditiva»

Y resulta que el director de la academia donde se ha de impartir este cursillo me ha pedido que intente hacerle un poco de publicidad. Supongo que espera que lo publique en las redes sociales; para bien o para mal no estoy en Facebook, ni en Twiter, ni en ningún sitio de esos. Dadas las circunstancias sólo aquí, en «Guerra y Paz», puedo difundir la noticia. Aunque, la verdad, si tenemos en cuenta que una gran cantidad de seguidores de este blog vive en lugares tan remotos como las Américas o la madre Rusia de poco ha de servir la propaganda. Para que esta entrada no se quede en un mero anuncio publicitario intentaré explicar de qué va a ir el cursillo.

Tras ese título un tanto ambiguo se esconde un cursillo de educación musical del oído. No es fácil entender en qué consiste eso de «educación musical del oído», menos todavía para quienes no poseen conocimientos técnicos musicales. No obstante, voy intentar explicarlo de una manera que se pueda entender, incluso por quienes no tienen ese tipo de conocimientos. He de advertir de que una explicación exhaustiva de la cuestión requeriría no un breve comentario sino un grueso libro. Puesto que voy a intentar ser lo más claro y conciso posible, algunos aspectos tan sólo los mencionaré de manera muy sucinta.

El oído es un órgano, o un conjunto de órganos, que poseemos los humanos y animales. Es un órgano extremadamente complejo y delicado, en el que la medicina observa tres o cuatro secciones: el pabellón auditivo, el oído externo, el oído medio y el oído interno: si menciono estas cuatro partes es para matizar que el oído interno no es lo que entendemos por «oído interior». El oído tiene dos funciones, procurar el equilibrio y captar las ondas sonoras. A nosotros nos interesa esta última función, es la que nos posibilita el sentido del oído. El sonido es la consecuencia de las vibraciones de cuerpos elásticos, y se propaga en forma de ondas que se transmiten por los fluidos, los cuerpos sólidos y también por el aire. Estas ondas sonoras son captadas por el órgano del oído que las convierte en ondas mecánicas que pasan a ser percibidas por el cerebro. De modo que el oído físico, el órgano del oído, es un instrumento intermedio, una herramienta, entre la fuente sonora y la mente. Existe una infinita variedad de sonidos, así como una infinita posibilidad de combinación de esos sonidos. El humano ha escogido entre esa infinita variedad y a esa selección la ha llamado música. Cuando hablamos de oído musical nos referimos a un modo particular de procesar mentalmente eso que hemos venido a llamar música: he ahí el mencionado «oído interior». Decimos que un oído está educado musicalmente cuando es capaz de procesar la música extrayendo de ella significados y relaciones. Esos significados son cognitivos, susceptibles de comprensión lógica, y al mismo tiempo son emocionales, afectan al aparato afectivo, que es un sistema de estructuras cerebrales llamado sistema límbico. De estos dos tipos de significados, el músico profesional, ha de ocuparse de educar de un modo muy refinado su comprensión de los significados cognitivos, aunque estén íntimamente unidos a los emocionales. En ese fenómeno (arte) llamado música, el humano ha ido seleccionando, a lo largo de la historia, una serie de timbres (los sonidos producidos por distintos instrumentos musicales) y de combinaciones de sonidos, discriminando entre ellos alturas (desde sonidos graves hasta agudos), duraciones (largos, breves y la combinación entre ellos, el ritmo), intensidades (desde sonidos a muy poco volumen hasta un volumen muy elevado); por último, con el resultado de esta selección, se han creado estructuras, materializadas en «composiciones», que en música llamamos formas musicales, y que reciben nombres como «sonata», «fuga», «ópera», «nocturno», «poema sinfónico», etc. Esta selección, esta discriminación, ha ido cambiando, evolucionando a lo largo de la historia, sometida y esculpida por planteamientos y gustos estéticos, dando lugar a los distintos estilos musicales, tales como el Barroco o el Romanticismo.

Podemos diferenciar dos maneras de escuchar música, y por lo tanto, dos maneras de entenderla. Una manera sería la del oyente aficionado, el amateur: este tipo de oyente capta los aspectos estéticos y emocionales más que los técnicos, de los cuales tiene poca o ninguna idea. La otra manera de entender la música es, o debería ser, la del músico profesional, el connaisseur, quien además de los valores estéticos y emocionales, capta y comprende todos los elementos y aspectos relativos a la técnica musical.

Una vez escuchadas y procesadas estas selecciones y combinaciones, en forma de composiciones musicales, el cerebro es capaz de recordar lo escuchado, por lo que se puede pensar la música, escucharla interiormente con el oído interior, aunque esta no esté sonando. Esto explica el hecho de que Beethoven siguiera componiendo música, su mejor música, después de haber perdido el sentido del oído como consecuencia de la disfuncionalidad de su oído físico. Beethoven, antes de quedarse sordo, ya había escuchado todo lo concerniente al estilo musical de su época, había aprendido las técnicas necesarias para la creación de composiciones musicales, de modo que mediante la imaginación, el pensamiento, el «oído interior», era capaz de crear sin necesidad de escuchar físicamente su música. Se puede decir que, aun estando sordo, Beethoven poseía un oído musical extremadamente fino, educado, formado.

Así, cuando un músico profesional escucha una composición musical, ha de ir comprendiendo, desde su comienzo y durante todo su transcurso y de modo simultáneo, los siguientes elementos: en primer lugar ha de captar la tonalidad en la que está escrita la composición (do mayor, fa sostenido menor, o cualquier otra de las 24 tonalidades que constituyen la música llamada «tonal»); históricamente hablando, la música tonal es la compuesta desde los albores del Clasicismo hasta el Romanticismo más tardío; la música escrita fuera de esos límites también es susceptible de ser comprendida pero bajo otros parámetros más o menos complejos. Inmediata y simultáneamente con esa constatación ha de ir reconociendo con precisión, a medida que va transcurriendo la composición, las notas e intervalos que estas van desarrollando, las duraciones de estas notas y los ritmos que generan, los acordes y sus sucesiones, las modulaciones (los cambios de unas tonalidades a otras), las estructuras formales; además, deberá ser capaz de extraer otros significados más difíciles de definir (estilísticos, simbólicos...) y también deberá ser capaz de pensar criterios cualitativos, tanto en cuanto a la composición en sí como a la manera de interpretarla; también deberá ser capaz de apreciar y valorar otro tipo de factores: calidad tímbrica del instrumento, afinación, calidad de grabación o de la acústica de la sala de conciertos, etc. Por último es imprescindible señalar que todo proceso auditivo analítico podrá ser aplicado a composiciones de una complejidad comedida, en función de las aptitudes del músico oyente y de su formación; pero siempre habrá un límite: hay composiciones de tal complejidad que sólo pueden ser entendidas en algunos pocos de los aspectos señalados, aun por el músico más extraordinario.

En el mundo de la música existe una marcada propensión a admirar lo espectacular, lo asombroso, por utilizar adjetivos suaves; cautiva y causa admiración quien es capaz de tocar muy rápido, más rápido, de cantar muy fuerte, más fuerte: el «más difícil todavía». Sabemos que el arte no tiene nada que ver con ese tipo de magnitudes.

En el ámbito de este tipo de admiración por lo asombroso, se cuenta la anécdota de que Mozart, a la edad de catorce años, tras escuchar una sola vez un «Miserere», para dos coros, del compositor Gregorio Allegri, escribió su partitura íntegra, de memoria (obviamente). Muy pocas personas serían capaces de lo que hizo Mozart, pero Mozart no era un mago, no hizo esto sólo por ciencia infusa. Mozart era un niño excepcionalmente dotado; poseía un oído extraordinariamente agudo, y que había sido escrupulosamente educado, también poseía una memoria y una inteligencia extraordinarias –no en vano ha sido uno de los más grandes genios de la historia-; también, a esa temprana edad, ya poseía unos conocimientos técnicos que muchos otros no seríamos capaces de adquirir en toda una vida de estudio. Mozart escuchó atentamente el «Miserere» y lo entendió, reconoció todos esos elementos arriba mencionados, y haciendo uso de su excepcional memoria fue capaz de recordar más tarde todo aquello que había entendido y plasmarlo por escrito. Pero lo que escribió Mozart cuando llegó a casa no fue nota por nota cada una de las partes de cada voz de cada uno de los dos coros, con cada sílaba del texto debajo de cada nota, de cada melisma: eso es sencillamente imposible, ni Mozart hubiera sido capaz de hacerlo, ni falta que hace. Mozart escuchó inteligentemente, genialmente, y comprendió lo esencial, y se le grabó en la memoria junto con lo más sobresaliente, quizá las voces superiores de cada coro así como el bajo de ambos, también fragmentos peculiares de las voces internas, pero no todo: lo que su memoria de ser humano, no de extraterrestre, no memorizó, ¡lo dedujo!, porque Mozart no era un mono de feria, era un gran músico, un sabio, alguien que utiliza su inteligencia y sabiduría, y por lo tanto no sólo entiende y memoriza sino que también deduce, saca conclusiones, no fue ese niño que chupando una piruleta y pensando en las musarañas graba a voluntad hasta el más nimio detalle de una complicadísima composición, como nos quieren hacer ver los sensacionalistas, los admiradores de lo espectacular, los adoradores de lo asombroso.

Escuchemos un ejemplo. Imaginemos que un músico profesional, o un estudiante de grado superior de conservatorio, coge el coche para volver a casa y enciende la radio: supongamos que enciende la radio justo en el momento en el que comienza el fragmento siguiente y que se trata de una pieza que escucha por primera vez, no tiene ninguna información previa a su audición:


En el caso de que nuestro amigo tenga un oído musicalmente educado: ¿Qué es lo que escucha? En primer lugar reconoce el instrumento, el piano, y la tonalidad, la mayor, la velocidad es moderada; escucha una línea melódica en la zona grave, que será tocada con la mano izquierda del pianista, que está acompañada por unos acordes a contratiempo tocados con la mano derecha; reconoce las notas de la línea inferior, sus nombres y ritmo; no capta con exactitud qué notas constituyen los acordes de la parte superior pero escucha, sabe, deduce, que se trata del acorde de tónica y el de dominante; no capta el compás con exactitud pero desde el tercer o cuarto segundo sabe que se trata de un compás binario, quizá cuatro por cuatro; hasta este punto todo le parece sencillo y obvio; entonces reconoce que comienza a sonar un violín: en centésimas de segundo constata que lo que acaba de oír es una introducción pianística, y que lo que está escuchando será, casi con total seguridad, una sonata para violín y piano. Sin solución de continuidad seguirá escuchando y comprendiendo tanto la parte del violín como la parte del piano: notas, intervalos, ritmos, acordes, modulaciones, matices dinámicos...; su mente, aunque él no lo perciba, está procesando informaciones a una velocidad de vértigo, informaciones distintas simultáneamente, por capas superpuestas, porque, además, está degustando la belleza de lo que escucha, está ubicando la música que escucha en un estilo determinado, atribuyéndola a un compositor determinado, constatando si la interpretación es buena o no, incluso, si se da el caso, se emociona al escuchar tal o cual pasaje. Al mismo tiempo que escucha esta música de esta manera está conduciendo con absoluta diligencia y permanece atento al tráfico en el que está inmerso, leyendo y acatando señales y semáforos. Cuando finaliza la pieza ningún locutor dice que es lo que acaba de sonar, era una pieza de esas que ponen entre un espacio y otro a modo de cuña. Cuando llega a casa se dirige a su biblioteca con absoluta naturalidad: no busca sin ton ni son, va directo a la estantería donde tiene las partituras de música de cámara, y en concreto busca un volumen de un autor determinado; en cuestión de unos pocos minutos da con la partitura, le echa un vistazo, pero no se pone a comprobar qué ha acertado y en qué se ha equivocado, no le hace falta, sabe que ha escuchado correctamente, en todo caso mira algún compás para perfilar algún pasaje. Han transcurrido diez minutos desde que entró en casa. Pone las noticias y escucha que en París están conmemorando no sabe qué, pero caza al vuelo un trozo de una canción...:


Entonces, deja su frugal cena a mitad y se dirige al piano, y, muy suavemente, para no molestar a los vecinos, se pone a tocar y canturrear, en el mismo tono que acaba de escuchar...

«Quand il me prend dans ses bras, il me parle tout vas, je vois la vie en rose...»

Porque un oído educado se tiene para toda la música, o casi toda, no sólo para la música clásica. La otra noche escuché en YouTube el siguiente estándar en versión del inefable Keith Jarrett. Fue tal la impresión que me causó que me dirigí al piano, como un sonámbulo, y me dediqué un buen rato a recrear lo que había escuchado, y a añadir cosas de mi propia cosecha, claro, porque el oído interior también sirve para eso, para tocar o escribir lo que se piensa, salvando las infinitas  e inconmesurables distancias, como hacía Beethoven. El estándar se titula I fall in love too easily, aunque en manos de Jarrett, sólo se reconoce en algún que otro momento. Presten atención a la última improvisación de Jarrett, fue la que me hizo saltar de la silla e irme al piano a tocar/improvisar muy suavemente, para no molestar a los vecinos.


Por lo tanto, la «educación musical del oído», será todo aquel trabajo y estudio necesario para que un músico profesional sea capaz de comprender la música del modo explicado. Salta a la vista que no se trata de algo fácil, más bien al contrario, es algo verdaderamente complejo. Esta formación tan específica se ha de llevar a cabo en los centros especializados, en los llamados conservatorios. Sin embargo, para un cometido de tan gran envergadura no existe una serie de materias encaminadas a la consecución de la finalidad: hasta hace bien poco, incluso en la actualidad, no existe ni tan siquiera una asignatura específica, sino una pequeña porción del programa de una asignatura: el temido y muchas veces odiado ejercicio del «dictado» que forma parte de la asignatura llamada «Lenguaje musical», el antiguo «Solfeo». Sólo, desde hace unos pocos años, se ha creado en el ámbito de los estudios superiores de conservatorio, la asignatura «Educación auditiva», algo que, aun así, es del todo insuficiente e incompleto.

En los grados elemental y medio de los conservatorios sigue la antigua práctica del «dictado», que consiste, más o menos, en lo siguiente: en un momento dado de la clase de Lenguaje musical, el profesor de turno pronuncia la temida palabra: «dictado», y un gélido escalofrío recorre el aula, llenando de congoja y temor el corazón de los alumnos allí congregados; a continuación, ese mismo profesor, toca con vigor la nota la repetidas veces en el piano, algo que suena en la mente de los niños como las tétricas campanadas de un toque de difuntos: una vez repetido a discreción del profesor el toque de la arbitraria nota, comienza el suplicio anunciado: el profesor toca al piano una serie de notas, que en algunos pocos casos se podría considerar una melodía, y cada niño deberá plasmar en su cuaderno la escritura de aquello, así, sin más, a palo seco; si lo coges, bien, aprobado, si no, suspenso. Es decir, se le obliga a reconocer algo que previamente no se le ha dado a conocer. Cuando le preguntamos a un niño que estudia en un conservatorio qué asignatura le gusta menos la respuesta que gana por aplastante mayoría es: el solfeo; y si le preguntamos qué es lo que menos le gusta del solfeo de nuevo tenemos una abrumadora respuesta: el dictado. En la actualidad imparto clases en un conservatorio superior; pues cuando saco el tema en clase, sigo escuchando comentarios del tipo: «a mí se me da muy mal el dictado», o, «yo no tengo oído», o «yo es que odio el dictado». Les aseguro que este tipo de respuestas es el que da algo así como un ochenta por ciento de los encuestados.

En realidad no bastaría con la implantación de una asignatura específica desde el comienzo de los estudios musicales hasta su conclusión. De momento, lo que es imprescindible, es un cambio de mentalidad. El oído no se educa con una asignatura: el oído se educa mientras se toca el instrumento, mientras se canta, se educa escuchando atentamente mucha música, se educa adquiriendo unos conocimientos, se debería educar en todas y cada una de las asignaturas de la carrera musical. El piano debería ser un instrumento de estudio obligatorio, desde el primer día de clase hasta el día en el que se salga del conservatorio con un título bajo el brazo: el solfeo, la armonía, la teoría, la historia de la música, todo debería estudiarse delante de un teclado, probando y escuchando con atención mil y un ejemplos de todo. El oído se educa escuchando música mientras se lee su partitura, comprobando tal y cual pasaje en el piano, con atención, con concentración, y con amor por lo que se hace, amor por la música. En los conservatorios debería haber muchas asignaturas que no existen; debería haber asignaturas que consistiesen en escuchar música; en el estudio concienzudo del repertorio, pero escuchándolo, y no cara a un libro; asignaturas en las que se afrontara el estudio de los estilos, autores, incluso –y muy importante- los intérpretes. Cada nuevo curso compruebo con estupor que ni un sólo alumno, o sólo uno o dos, de los que pasan por mis aulas saben quien es Dietrich Fischer-Dieskau, o Wunderlich, o Richter, o Gheorghiu, o Bill Evans, o Edith Piaf, o Keith Jarrett, o Gerald Moore, o Ian Bostridge, y así hasta el infinito, no conocen a nadie (hablamos de un conservatorio superior); pero, ¿como van a conocer a los intérpretes si ni tan siquiera conocen la obra de los maestros?: el Lied es casi por completo desconocido, por supuesto ni hablar de Hugo Wolf, ni de las canciones de Beethoven, ni las de Schumann, ni las de Brahms, en todo caso saben que hay por ahí una cosa que se llama «La bella molinera»; completamente desconocida la música para órgano de Bach, sus cantatas, la música de cámara de todos y cada uno de los maestros, quitando las que cada cual ha tenido que tocar en alguna que otra clase. Cada cual conoce algunas pocas obras de las escritas para el instrumento que estudia, ¿para qué escuchar otra música?, ¿qué le importa a un oboísta quién fue Maria Callas? ¿Lazar Berman, Dinu Lipati, Glenn Gould, Emil Gilels, Maurizio Pollini, Arturo Benedetti Michelangeli, Ashkenazi, Zimerman...? En ocasiones muchos alumnos reconocen que sí, que tendrían la obligación de conocer mucha más música, muchos más intérpretes, y yo les digo que no, que por obligación no: ¡por placer! ¡por verdadero deleite! ¡Hay tanta, tantísima música bellísima, hay interpretaciones tan sublimes que se están perdiendo, que les están siendo arrebatadas! Y no sólo de música se educa el oído: también de cultura. No hay que conocer a Borges por obligación sino porque ¡escribió páginas tan hermosas! Y así hasta el infinito. No exagero. ¿Quién es el responsable de esta situación, o quiénes? ¿O habría que hablar de culpables? ¿Los alumnos, los profesores, las autoridades académicas? Todos somos responsables o culpables, pero yo siempre apunto hacia arriba, los menos culpables son los alumnos.

Bien, les pido disculpas, me he excedido. Y lo peor, aun habiéndome excedido he dejado por explicar cosas fundamentales, y ni tan siqueira sé si he explicado con un mínimo de claridad en qué consiste la «educación musical de oído». Espero, al menos, haber dado alguna pista.

¡Ah! se me olvidaba, el enlace del cursillo:

La experiencia auditiva 
  

P. S. :

Hasta un poquito más arriba he escrito de una tirada. Pero ¡me han quedado tantas cosas por decir! De modo que voy a seguir un poco más:


¿Cómo educar el oído del futuro músico? Lo primero que debe hacer el profesor es enseñar a escuchar, a prestar atención, a escuchar atentamente. Hoy en día es difícil encontrar alguien que le escuche a uno. Estás hablando con alguien y observas que mientras tú estás contando tus cosas tu interlocutor está observando tus labios, para ver cuándo dejan de moverse para lanzarse a contar lo suyo, tenga o no tenga que ver con lo que tú acabas decir; enseguida te das cuenta de que no te ha prestado atención y de que no va a escucharte lo más mínimo, que sólo te va a soltar su monólogo. Es muy difícil encontrar alguien que nos escuche realmente, a veces, parece que ni el terapeuta, el psicólogo de uno te esté prestando atención. También es difícil escuchar, hay que aprender a hacerlo. Por eso, el profesor de música, lo primero que ha de hacer es enseñar a escuchar: el ruido de los tubos fluorescentes, el ruido de los coches que pasan por la calle, la riña de dos gorriones por un trozo de pan, un ladrido lejano, ¡el primer trino de la primera golondrina! Cuando digo el profesor de música digo el profesor de cualquier asignatura del conservatorio: ¡es absolutamente necio enseñar los elementos de la música en la pizarra! Eso no es aprender, eso no sirve para nada. Enseñar a escuchar: poco a poco hay que ir mostrando al alumno pequeños fragmentos de música, hay que ir intentándolo una y otra vez, hay que probar con esto y con aquello; si busca entre la obra de los grandes maestros seguro que pronto encontrará algo que cuando lo dé a escuchar al alumno atraerá su atención: en cuanto a un alumno le gusta algo es cuando se abre una puerta al conocimiento: ¿qué trocito le gusta más?, tal o cual, pues entonces le explicas que eso suena de ese modo porque allí ocurre esto o esto otro. La música es lo que suena, lo que está en la pizarra es tiza, o algo peor. Poco a poco se va consiguiendo que el alumno aprenda a escuchar, ya es él quien te avisa del canto de un pájaro, o te cuenta que en clase de piano está tocando algo que le encanta: otra vez una puerta abierta: a ver qué es eso que le encanta, entonces es cuando puedes explicarle qué ocurre técnicamente y que suena de ese modo que tanto le gusta.

No se puede ir a clase con una batería de informaciones para soltarlas como torpedos. No se puede llegar a clase y ponerse cara a la pizarra a soltar el rollo. ¡No se pueden dar respuestas a preguntas que no han sido formuladas! Primero se ha de crear la inquietud, se ha de alimentar la curiosidad, has de provocar que el alumno, los alumnos te frían a preguntas: entonces es cuando puedes dar las respuestas, y no al revés. La mayoría de las veces una respuesta es un muro, la mayoría de las veces una pregunta es una ventana abierta. Vale más una pregunta que diez respuestas. No se puede ir a clase con ideas preconcebidas, cada clase es única e irrepetible, es un organismo vivo. En cada clase se ha de improvisar. Has de ver cómo está cada uno de los allí presentes e ir tanteando la cosa. Para improvisar has de tener un volumen de conocimientos cuanto más grande mejor. Un día un chaval, o un joven, está cantando tal cosa o tal otra: por ahí se puede empezar, has de escucharle y enseguida ir al piano y tocar lo que canta con un acompañamiento, tanto si lo conoces a priori como si no. Otro día, otros muchos días, llevas a clase una partitura, un fragmento de una pieza de calidad, sea música clásica o de otro tipo, pero siempre de calidad: la toquicheas en el piano; observas la reacción de los alumnos y actúas: si les ha llamado la atención, si les gusta, la clase se convertirá en un fragmento de vida, en algo vivo. Una clase no ha de ser un obstáculo que hay que vencer; el profesor ha de conseguir que cada clase no sea más que la continuidad del tiempo del alumno, incluso ha de hacerla deseable. Igual que el río de Heráclito, has de conseguir que no se entre dos veces en la misma clase. Y si cada clase es distinta, no ha de ser porque hayas enseñado tal o cual cosa en ella: el alumno ha de salir al final de la clase siendo una persona distinta de la que entró. Has de cambiar a los alumnos, no has de hacerles tragar datos, has de hacerlos mejores; mejores estudiantes, mejores músicos, sí, incluso mejores personas. Y, por supuesto, sin dogmatismos ni nada parecido: cada alumno cambiará a su ritmo, a su manera; no has de tratar de convencer de nada: sólo has de mostrar músicas, ideas, métodos, estrategias, modos de plantear las cosas, y que cada alumno escoja, seleccione en función de su capacidad y de su interés. Ya te encargarás tú de despertar su interés y de mejorar sus capacidades, has de mantener siempre encendida la llama de la curiosidad; has de hacer que el alumno ame lo que hace, que lo que haga lo haga con amor.

Para adquirir la destreza de comprender la música, de saber escucharla y entenderla, hay que escuchar incontables ejemplos; cientos, miles de ejemplos. Para escuchar tanta música ¡te ha de gustar! Es necio hacer aprender lecciones horrendas, es vil y miserable: el alumno se aburre, se frustra, acaba aborreciendo aquello, que no es música. Sólo cuando se han conocido una gran cantidad de ejemplos, cuando se han interiorizado por su belleza, sólo entonces se será capaz de reconocer otro ejemplo en el que aparezcan elementos presentes en las obras o en los fragmentos interiorizados. La palabra «enseñar»: «mostrar», poner delante de los ojos, en este caso de los oídos, eso es enseñar; la palabra «descubrir»: «destapar» algo que estaba escondido debajo de un trapo, que estaba «cubierto» por  un trapo; otra expresión muy bonita: «dar a conocer», presentar, regalar conocimiento. Nada de dictar, hacer copiar, nada de explicar cosas que no vienen al caso.

«Sólo se puede re-conocer lo que previamente se ha conocido», obvio, ¿no? Interiorizamos lo que amamos, lo que no amamos lo echamos, o ni tan siquiera lo dejamos entrar. ¿De qué sirve aprender de memoria, mirando a la pizarra, copiando de la pizarra, lo que es una cadencia perfecta? De nada. Primero has de señalar, en una pieza que le «encante» al alumno, que eso que pasa ahí, esa sensación que vive ahí, que eso que está escuchando por primera vez pero que le parece que ya lo había escuchado mil veces en su vida, que eso es tal cadencia. Entonces sí, se acude a la pizarra y se desmenuza la cuestión, yendo y viniendo de la pizarra al piano, del piano a la pizarra. El profesor no ha de sentarse ni cuando toca el piano, siempre de pie, acudiendo de un alumno a otro para escucharle, para alentarle.

Primero has de escuchar al alumno. Has de dejarle que luche por terminar de tocar o cantar aquello. Nunca has de tirarte encima como un lobo al menor error; nunca has de apartarle del instrumento y tocarlo tú diciendo: ¡mira, así se hace! Eso es miserable. Cuando ha terminado de tocar o cantar aquello, lo primero que has de hace es señalar los aciertos, estimar lo que ha estado bien, reconocer el esfuerzo. Luego sí, luego has de señalar lo que no ha estado bien y has de explicar cómo se hace, has de hacerlo de manera bondadosa, con amabilidad y respeto, has de explicarlo de mil maneras, de la manera adecuada para que ese alumno en particular lo entienda; has de señalar los pasajes que tengan un interés especial, y hacerlos escuchar con atención, y entonces explicarle qué es lo que ocurre allí técnicamente que hace que aquello suene de tal o cual manera. Sólo entonces, en todo caso, te pondrás tú al instrumento y le mostrarás cómo se toca esto o aquello, porque en la música, lo esencial, lo más importante no se puede explicar con palabras, sólo con el ejemplo.

Bueno, no sé si he mejorado o empeorado la cosa. Aquí lo dejo. Continuará. O no.
 

viernes, 10 de abril de 2015

LA PRIMERA GOLONDRINA



Yo tuve la fortuna de estudiar un par de cursos con un gran profesor, un auténtico maestro, de esos anónimos, desconocidos, incluso me atrevería a decir que quizá yo solo advertí que lo era. Además era un hombre bueno, posiblemente no pueda ir una cosa sin la otra. Este hombre me enseñó un poco de solfeo, pero sobre todo me enseñó a escuchar: los dos o tres años que estudié con él nos hizo testigos de un prodigio, nos enseño a detectarlo. Cada año, por estas fechas, en un momento dado de la clase, dejaba súbitamente lo que estuviera haciendo y nos decía: -¡Chist! ¡Silencio! ¡Callad! Escuchad-; se hacía el silencio y entonces...: el primer trino de la primera golondrina. -¿Oís? ¿Habéis oído? Ya están aquí las golondrinas- Y entonces sonreía con satisfacción, yo diría que casi hasta le brillaban los ojos. La clase se detenía por unos instantes, nosotros atentos, intentando volver a oír a la golondrina, y él, sonriendo, con la mirada perdida, como sumido en escurridizos recuerdos.

Aprendí de él muchas cosas, quizá la más importante detectar cada dulce abril el primer trino de la primera golondrina. Hace un rato, justo cuando el día comenzaba a agachar un poco la cabeza, he escuchado el prodigio, primero casi imperceptible, luego claro, nítido, cortando limpiamente la brisa de la tarde, el primer trino de la primera golondrina. Ahora soy yo quien se queda sumido en recuerdos, quizá también a mí me hayan brillado los ojos.

Y he pensado: ¡el primer canto de la primera golondrina es mío!


Sì.
Mi chiamano Mimì,
ma il mio nome è Lucia.
La storia mia è breve.
A tela o a seta
ricamo in casa e fuori...
Son tranquilla e lieta
ed è mio svago
far gigli e rose.
Mi piaccion quelle cose
che han sì dolce malìa,
che parlano d'amor,
di primavere,
che parlano di sogni
e di chimere,
quelle cose che han nome poesia...
Lei m'intende?

-Sì-

Mi chiamano Mimì,
il perché non so.
Sola, mi fo il pranzo
da me stessa.
Non vado sempre a messa,
ma prego assai il Signore.
Vivo sola, soletta
là in una bianca cameretta:
guardo sui tetti e in cielo;
ma quando vien lo sgelo
il primo sole è mio
il primo bacio dell'aprile è mio!
Germoglia in un vaso una rosa...
Foglia a foglia l'aspiro:
Cosi gentile
il profumo d'un fiore!
Ma i fior ch'io faccio,
ahimè,
il fior ch'io faccio
ahimè! non hanno odore.
Altro di me non le saprei narrare.
Sono la sua vicina
che la vien fuori d'ora a importunare.

oo00O00oo

¡El primer beso de abril es mío! Puccini, como ustedes ya saben, escribió una ópera llamada «La rondine» (La golondrina). Para esa ópera compuso una de sus arias más bonitas, «Chi il bel sogno di Doretta». Si les apetece pueden escucharla conmigo, para celebrar el primer trino de la primera golondrina. Bienvenidas seáis, pequeñas, alegres, intrépidas golondrinas.