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domingo, 15 de septiembre de 2013

JOSÉ MARÍA MELIÁ BERNABÉU – «PIGMALIÓN» (1)



Si saguera tant com diuen
no aniría tan mal vestit
(Si supiera tanto como dicen
no iría tan mal vestido)

José María Meliá Bernabéu fue un astrónomo, náutico, periodista, profesor y escritor valenciano que  nació en 1885 y murió en el Hospital General de Valencia en 1974. Todos sus conocimientos los adquirió de manera autodidacta: provenía de una familia muy humilde y tuvo que empezar a trabajar a los diez años. Siempre simultaneó los más diversos trabajos con el estudio de libros y más libros que iba adquiriendo con enorme esfuerzo y privándose de las cosas más elementales. Así, trabajó de electricista de los tranvías de Valencia, de representante de botones, de vendedor de postales y un sinfín de menesteres de lo más variopinto. No fue hasta mucho más tarde cuando comenzó a ganarse la vida con actividades más afines a sus vastos conocimientos: profesor, conferenciante y escritor, básicamente. Nunca fue profesor en ningún colegio, instituto o universidad; la carencia absoluta de titulaciones así como sus ideas políticas le vetó tales posibilidades. Fue invitado a trabajar de manera más oficial en Francia e Italia pero desechó tales proposiciones: prefirió quedarse en esta Valencia tan inculta, tan analfabeta, que le trató siempre tan mal, con el fin de educar, de enseñar, de cambiar esta sociedad, divulgando, en la medida de sus posibilidades, su descomunal cultura, su sabiduría. Desconozco por qué razón escogió ese nom de plume, Pigmalión.

Anduvo, en tiempos de la guerra civil, mezclado con el bando republicano. Así, fue secretario particular de ese pintoresco personaje, también valenciano, que fue Vicente Blasco Ibáñez. No obstante nunca fue un fanático en ningún sentido; era anticlerical, republicano, anarquista, pero siempre tuvo un total respeto por quienes no pensaban del mismo modo que él. Quizá por esa razón, al terminar la guerra, no se tomaron represalias contra él, dejándole, digamos en paz, aunque condenándole a un casi total ostracismo.


De modo que una de las personas más sabias de la España de casi ochenta años tuvo que malvivir como buenamente pudo, pasando verdaderas necesidades, aunque siempre consiguió, de un modo u otro, alimentar su biblioteca, que llegó a alcanzar los diez mil volúmenes.

La cita del inicio la escribió en un papel que tenía puesto en la puerta de su casa. Su pobreza y ensimismamiento hacían que fuera por la calle de cualquier manera, mal vestido, siempre con un libro en la mano, leyendo y tropezando con todo el mundo, y saliéndole de los bolsillos de la chaqueta o los pantalones hojas de nabos y zanahorias, acelgas y otras hortalizas, lo que provocaba la burla, el desdén de la gente burda e inculta de la Valencia de aquellos años. Esa frase que escribió en su puerta se la escuchaba a menudo, y otras mucho peores.

Por eso sentía un gran desprecio, no sólo por la ignorancia de la gente Valenciana, sino, sobre todo, por su cerrilismo, por su resistencia y oposición a cambiar su condición de paleta, cosa que, dicho sea de paso, no ha cambiado demasiado. Una muestra de ese inconformismo, por decirlo de un modo suave, con la idiosincrasia de sus coetáneos queda reflejada en un pasaje de uno de los pocos libros que publicó: «Blasco Ibáñez, novelista». Cuando narra en este libro las trapisondas que rodearon la construcción del chalet de Ibáñez en la playa de la Malvarrosa, dice lo siguiente:

«El muro que circundaba el jardín, después de construido, un día de vendaval cayó todo; volvió a elevarse otro sobre los mismos cimientos; un temporal de agua y vientos lo volvió a derribar; y, cuando se creía que las condiciones del terreno no ofrecían garantía para edificar, se presentó un hombre que no hablaba valenciano. Era un hombre de cabeza grande, moreno, alto, de palabra robusta, rotunda, y producía la sensación en quien le escuchaba de hombre serio, formal, de solidez de conocimientos de su profesión.

-Yo haré esa pared de manera que ya no caerá-, dijo el hombre a Blasco Ibáñez.

-Pues hágala-, contestó éste.

Y la pared se construyó y ya no se cayó

Los últimos veinte o treinta años de su vida habitó en el último piso, el que en aquellos entonces servía para que lo habitara la familia del portero, de una finca situada en la calle del Almirante, a pocos metros del conservatorio. Era un cuarto o un quinto piso, sin ascensor, por supuesto, pero era una especie de ático de amplios ventanales con vistas a la Valencia antigua. Esos ventanales, durante los muchos meses calurosos de estas tierras, siempre estaban abiertos, de modo que por su casa era muy frecuente ver revolotear pájaros, sobre todo desconfiados y asustadizos gorriones, tal era la paz y quietud en la que vivía este sabio hombre siempre entregado a la lectura, el estudio, la escritura.

Mi madre, Amparín, cuando joven, fue alumna de don José, como le llamábamos en casa. En aquellos entonces mi madre era una excelente mecanógrafa, 400 pulsaciones por minuto, y jamás cometía ni la más mínima falta de ortografía; ahora, a sus 88 años, ya sólo conserva su impecable ortografía. De modo, que cuando don José ya comenzó a no poder valerse por sí mismo, dado que la vejez le iba ganando terreno, contrató a mi madre para que le mecanografiara las conferencias que se leían a diario por Radio Valencia, en un programa a él dedicado titulado «Miscelánea». Cada tarde pasaba mi madre dos o tres horas escribiendo lo que don José le dictaba. Con el paso del tiempo, con el desprecio que había ido acumulando sobre sus cansadas espaldas, don José se había vuelto un hombre desconfiado, podría decirse que huraño. En cada uno de sus incontables libros imprimió un sello que decía: «Este libro ha sido robado de la biblioteca de Pigmalión». Sólo mi madre tenía acceso a su vivienda, sólo ella, nadie más que ella. Bueno, ella y yo. Ni a mi padre ni a mis otros hermanos le dejaba pasar del recibidor, sólo a mí. Muchas tardes acompañaba a mi madre y don José se alegraba de verme, me hacía pasar y tomar asiento en alguna polvorienta silla que primero había que vaciar de libros y papelotes, y a continuación ponía un libro en mis infantiles manos. Yo tendría seis, siete u ocho años, cosa que él parecía desconocer, pues a menudo me dejaba con un complicadísimo libro de astronomía; eso sí, siempre procuraba que el libro contuviera láminas, a las que yo dedicaba mi atención así como a las leyendas que las acompañaban. Allí sentado pasaba yo la tarde, leyendo, mirando láminas, y escuchando la voz de don José y el traqueteo de la máquina de escribir que con tan gran destreza manejaba mi madre. Recuerdo el papel que empelaban; utilizaban para cada escrito dos hojas de ese mísero papel entre los que intercalaban una hoja de papel de calco.




Su casa daba pena, o asco, según se mire. Como desconfiaba de todo el mundo allí hacía muchos años que no había entrado nadie a limpiar, de modo que el polvo se amontonaba, literalmente, por todas partes. Tanto el recibidor como las habitaciones estaban amuebladas en sus cuatro paredes por estanterías repletas de libros y por una mesa central también abarrotada de libros y papeles amontonados de cualquier manera; sobre el suelo también se levantaban enormes pilas de libros, bueno, el suelo no, sobre la suciedad del suelo: verán, si a don José se le caía un huevo al suelo ahí se quedaba, por los siglos de los siglos, de modo que el suelo no era tal, era una superficie de muy irregular orografía, con altas colinas y hundidos valles. Y todo ello, como ya he dicho, cubierto por montañas, ya no colinas, del polvo acumulado por el paso de los años.

Don José amaba la música; fue amigo íntimo de un insigne, y pintoresco, pianista valenciano: José Iturbi.

 
Aunque sus conocimientos musicales eran más bien escasos poseía unos cuantos tomos de partituras, recuerdo uno en particular, de la editorial Peters, de las sonatas de Beethoven. Me hablaba a menudo del primer movimiento de la sonata «Claro de luna», no sé qué recuerdos le traía aquella pieza pero sus ojos se enturbiaban cada vez que me la mencionaba. Me gustaría mucho interpretar para ustedes, y sobre todo en memoria y homenaje de don José, este movimiento de sonata. Pero ni mi piano ni mi habilidad estarían a la altura. De modo que confío su ejecución al grandísimo maestro Emil Gilels.



Además de a Iturbi también conoció a otros insignes músicos, como el pianista y director de orquesta catalán Joan Lamote de Grignon. Todavía conservo el manuscrito que este maestro realizó para don José del célebre solo de corno inglés de la Introducción del tercer acto de la ópera «Tristán e Isolda» de Richard Wagner, fragmento por el cual Pigmalión también sentía una especial predilección.



Por razones que les ahorro, don José legó su biblioteca de incalculable valor al ayuntamiento de Peñíscola. Recuerdo que, cuando murió don José, entre mi padre y mis hermanos colocamos cuidadosamente todos y cada uno de los libros, que mi madre tenía rigurosamente catalogados, en cajas de cartón que, al cabo, hubo que bajar una por una los cuatro o cinco pisos. Se entregó a dicho ayuntamiento… Entre unas alcaldías y otras, de un sesgo político u otro, la biblioteca fue deambulando de un sitio para otro sin que nadie se hiciera cargo de ella y acondicionase unas estancias donde ubicarla y ponerla a disposición del pueblo, como era la intención de don José. En la actualidad ya sólo queda un tercio, el resto ha sido expoliado por gentuza, de la misma calaña que la gentuza que ha consentido tal expolio. Toda la biblioteca recopilada durante toda una vida dilapidada. Esa es la verdadera idiosincrasia valenciana. Maldigo una y mil veces a todo aquel que tenga un libro  en su casa con la leyenda «Este libro ha sido robado de la biblioteca de Pigmalión». Se me enciende la sangre, se me parte el alma, de modo que me callo.

Finalizaré este breve recuerdo de Pigmalión con algo que me marcó de por vida, bueno, quizá hoy en día, y tras mis años de psicoanálisis lo haya superado. No sé por qué, pero solía decirme: «Carlos, tú serás un gran hombre». Ya me conocen ustedes, las lágrimas me saltan cada vez que me acuerdo de aquella, incumplida, voluntad y predicción.


6 comentarios:

  1. Es delicioso este relato apreciado Carlos, desconocía totalmente a Don José María Meliá Bernabéu. Le agradezco habérnoslo brindado. Dignificar, sacar de olvido a estos seres grandes, no sólo demuestra un profundo amor por la cultura de su ciudad, también un gran compromiso.Su historia es preciosa, delicadamente escrita, y valiosa en sí misma, nos vuelve a acercar a esa infancia tan rica en sensaciones y curiosidad. Tuvo una inmensa suerte de ser marcado por Pigmalión, y esa madre que ya cultivaba en ud el amor por la cultura.
    Y permitame que le haga una crítica constructiva, Don José María no se equivocó, Ud es un hombre grande, la grandeza de las personas nada tienen que ver con los triunfos que la historia o la sociedad, dependiendo del cristal con que se mire, levanten. La grandeza está en las huellas que dejan las personas en otras personas, en el amor y la entrega real a la humanidad, sin conocerlo estoy segura que Ud ha calado y cala hondo en toda su labor pedagógica, y para muestra está este blog que nos enseña a todos a amar, descubrir y valorar la música.
    Que no cumplió su sueño de ser un músico y compositor famoso, bueno, pero eso es otra cosa.
    Un abrazo desde el agradecimiento.

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    1. Muchas gracias, querida Inés, como decía Freud: "La ciencia moderna aún no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como lo son unas pocas palabras bondadosas"

      Le abrazo con sincero y profundo afecto

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    2. Doy fe de lo que dice Inés en su "crítica constructiva".

      Saludos de tu alumno y lector.

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    3. Gracias, Toni, también yo puedo dar fe, puesto que creo conocerte bien, de que lo que dices en tu comentario lo haces con sinceridad y desde el afecto, lo cual te agradezco y me reconforta profundamente.

      Un afectuoso saludo

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  2. Gracias Carlos por este conmovedor relato de una persona que, tanto a mi mujer como a mí, nos proporcionó momentos de entretenimiento sin par en nuestra juventud. Nos contaba un matrimonio valenciano muy conocido, amigo nuestro, que, a veces, lo invitaban a comer y el hombre sacaba un pañuelo mugriento para limpiar su vaso...
    A.G. y J.V.

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    1. Sí, es cierto, yo mismo presencié esa costumbre de Don José, también en mi casa «limpiaba» el vaso antes de comenzar a comer o cenar, pero no sólo el vaso, también cuchara, cuchillo y tenedor.

      Gracias a ustedes por su comentario. Me alegra saber que todavía es recordado nuestro querido Pigmalión.

      Les saludo afectuosamente

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